martes, 29 de noviembre de 2011

PROFESORES

Veréis, según mi DNI, tengo 23 años recién cumplidos. Si bien no son muchos, considero estar en la edad idónea para ponderar mis experiencias con el profesorado. El año pasado, en el instituto INTER de Valencia, quedé asombrada de la pésima calidad de la mayoría del profesorado. Me dije: "Será que llevo un par de años sin estudiar, pero yo juraría que en bachiller los profesores no eran tan incultos." En efecto, creo que no lo eran. De hecho recuerdo con cariño a más de uno que nos reprochaba nuestra infinita estupidez con sobrada maestría, y sin asomo de respeto por nuestras mentes adormecidas. Ahora, en mi actual instituto me quedo fascinada por la preparación de la mayoría de los profesores. Me encanta oír que al hablar, lo hacen con autoridad, y llevando a la cola más años de enseñanza de los que yo -por respeto- me atrevería a decir.
Personalmente tengo especial cariño a mi profesora de contabilidad, que chapada a la antigua usanza, se empeña en que disfrutemos lecciones eternas de fiscalidad que a ella le parecen poco menos que interesantísimas. Lo peor de este asunto es que no puedes dejar de escuchar a la entrañable mujer: su voz está imantada por una especie de voación contagiosa, que hace que yo pueda citar de carrerilla los tipos de impuestos estatales, sólo porque me los ha explicado ella. Luego está la profesora de finanzas, que es un león que te destrozará con sus garras, a menos que tengas en la cabeza algo que diste radicalmente del serrín y sus derivados. Es muy simpática, pero sólo lo pensamos unos pocos porque es una profesora rígida y muy profesional, que valora la buena disposición, la educación y la sensatez. Le gustan los alumnos espabilados, y lamentablemente, hoy por hoy son una especie en extinción. Mi profesora de informática es otra especie en extinción. Es una de esas profesoras que tratan a los alumnos como personas, dentro de una relación agradablemente cordial. Es la típica profesora a la que no te importa contarle que estás descontenta con la nota de un examen, y esa que aún se sorprende cuando alumnos borregos le llegan a clase con la misma educación que un orangután en celo. Después hay otra profesora muy peculiar. No había conocido a ninguna remotamente parecida, ya que realmente, es extraño encontrarse con un trabajador que se tome molestias laborales, -como la incomodidad de un turno de mañana y tarde-, para dar una asignatura que le gusta y que este año imparte sólo por vocación. Esta profesora es muy natural, y muy sencilla. Es la impresión que da, e intuyo que no está muy lejos de su verdadera forma de ser. Hay pocas personas así, transparentes. Y profesores, muchísimos menos. Ella, es uno de esos profesores, -porque todos nos hemos topado con alguno así,- cuyo entusiasmo por su asignatura te hace preguntarte: "¿no se me estará escapando algo a mí, y es por eso que todo este temario me parece tan tedioso como hacer cola en el paro?" No, no se me escapa nada. Es incomprensible su amor por su asignatura. Bueno, reconoceremos que sí, el hecho de conocer los recovecos del derecho laboral podría, en algún mundo paralelo, darte ventajas en el trabajo, o permitirte cerrar la boca al jefe; pero... ¿actualmente?, no. La profesora a cada párrafo nos dice que todo lo que estamos estudiando es la teoría, pero que -al parecer- en la práctica, los empresarios hacen lo que les rota de su inconmensurable ansia de joder al prójimo. Tras esto tú observas con gravedad las más de 100 páginas de derecho laboral, unos cuantos boletines oficiales, y otras tantas leyes, y te preguntas: "¿En serio?"
En fin, tengo más profesores, no muchos más para ser franca. Tengo, de hecho un único profesor más. Es un profesor que ha conseguido que toda mi clase quiera dedicarse a la enseñanza, porque deducen, tras cerca de dos meses de experiencia docente ofrecida por el espécimen estudiado, que "para ser profesor, no hace falta tener ninguna carrera". No digo que sea cierto, que me consta que no, sólo digo que parece que sea así tras dar clase con el aludido. No tiene autoridad, ni tampoco preparación para dar una asignatura tan completa, muestra una incapacidad de resolver dudas nula, y hace que, incluso el alumno más motivado, tenga en blanco una libreta que en el peor de los casos, debería ocupar diez hojas.
No parece que sea culpa suya, sólo que es un trabajador. Va a clase, trabaja y se va. Lo que no nos dejan hacer a los alumnos: invertir un esfuerzo medio. Parece uno de esos profesores agotados de los alumnos, que sin mostrar un ápice de educación, se meriendan a los miembros más débiles de la manada. En realidad, si en mi clase hubieran personas en vez de entes que asisten a clase, el profesor podría hacer su trabajo con tranquilidad, y quizá tomarse un poco más enserio lo que hace. No obstante sabe que muy poca gente acude a clase a aprender. Después de todo, existen los docentes realistas.
Mi frustración empieza y acaba cuando, al comentar con mis compañeros la decepción que tengo para con este miembro del profesorado, sólo oigo cosas tipo: "mientras nos apruebe todo está bien" ¿De verdad? ¿Tan  extraña soy, que prefiero mil veces antes aprobar a duras penas y aprender, que un ocho regalado manteniendo mi mente vacía? Tolero que esa actitud se dé en bachiller, pero.... ¿en un FP2? ¿De veras?
Mi conclusión es la siguiente: los profesores incultos empiezan con los alumnos conformistas.

NOTA: Esta entrada, lejos de querer ofender a nadie, es una crítica del alumnado, y si acaso del sistema educativo español, pero no de mis profesores, a los que agradezco mucho que soporten a toda mi clase, y que no nos metan a todos en el mismo saco.

lunes, 21 de noviembre de 2011

INCOMPRENSIBLE.

El tiempo va pasando, y también el curso. Jamás imaginé poder disfrutar una disciplina tan radicalmente dispar a la que realmente ocupa mi mente. Si bien pienso que en mi cabeza lo que realmente brilla es la capacidad de crear cosas de la nada, se me ocurre que quizá no soy del todo mala con los números.
Después me planteé que este acierto viene dado únicamente por un deseo superior relacionado con la universidad y con la sangrienta carrera que ansío realizar. Porque no lo neguemos, puede ser que el ansia por cursar estudios superiores sea un fin que bien puede conllevar mi entusiasmo en las empresas que me lleven a él. Quiero decir... ¿Es posible que entienda que para cursar criminología deba hacer este fp, y que ello me lleve a disfrutarlo? Si, puede ser. No encuentro otra explicación.
De todas maneras, sigo soñando con la carrera a la que parece imposible acceder con una nota fortuita. Pero hay algo en mi cabeza... es poco menos que un susurro pero ahí está, que solo contiene un palabra "Psicología". Es una carrera que también me encantaría hacer, algo que siempre me ha gustado y de lo que me jacto de tener nociones básicas. Lo que más me llama la atención de esa carrera, no sólo es el contenido y la utilidad real en la vida diaria, sino el hecho de que para vivir de ello, no es necesario opositar.
Son cosillas que cruzan mi mente día a día, en las que no quiero pensar hasta que llegue el momento de hacerlo, mientras tanto, iré a clase y trataré también de no preguntarme qué diablos hago yo en un fp puramente numérico, y porqué diablos me está gustando.